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El enigma del soldado de Aníbal que fue enterrado a 450 kilómetros de donde luchó

En 2001, la Guardia Civil puso en marcha la operación Tambora, que dio como resultado la incautación de la increíble cifra de 108.670 piezas arqueológicas expoliadas durante décadas en las provincias de Sevilla, Córdoba y Jaén, todas halladas en dos propiedades del ingeniero Ricardo Marsal Monzón. Cuatro años después, la Junta de Andalucía se hizo cargo de ellas a regañadientes ―dado el volumen de lo saqueado― y creó el denominado Fondo Arqueológico Ricardo Marsal Monzón (FARRM), que además incluía 43.000 fichas de los objetos. Casi dos décadas después, los trabajos para intentar poner orden en el maremágnum continúan. El catedrático de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid Fernando Quesada Sanz acaba de publicar el estudio Un puñal de origen vacceo y probable hallazgo andaluz en el Museo Ibérico de Jaén y la problemática de piezas procedentes de colecciones, donde se queja amargamente de que jamás se podrá confirmar la sorprendente historia de un guerrero íbero de las tropas de Aníbal que recorrió, con su armamento al hombro, incluyendo un valioso puñal, más de 450 kilómetros para morir en su pueblo (Espelúy, Jaén). El gigantesco expolio desarticulado por la Guardia Civil en su momento ―hubo 102 investigados― impide saber si la daga que portó el guerrero desde el valle del Duero hasta Andalucía es un unicum (pieza sin igual en el mundo) o, por el contrario, es solo una más del centenar que se conocen.



El puñal, que se expone en el Museo Ibérico de Jaén, está catalogado como “procedente de la necrópolis ibérica de La Carada” y es el “resultado de una actividad de expolio ilícita”, según esta institución. Se trata de una producción vaccea ―pueblo céltico de la Meseta Norte―, probablemente del último tercio del siglo III a. C. De este tipo se conocen algo más de un centenar de ejemplares, todos encontrados en la cuenca del Duero y zonas aledañas. Mide 30,5 centímetros de longitud y su anchura máxima alcanza los 4,5 centímetros. El pomo corresponde a una aleación de cobre, mientras que la vaina es de hierro, fragmentada en dos, de la que se conserva aproximadamente el 60%. “En conjunto, esta pieza podría considerarse próxima a una variante extraordinariamente poco habitual del puñal propio del siglo III a. C. denominada de enmangue de espiga. La hoja completa y claramente pistiliforme [con forma de lengua] es una absoluta rareza en este modelo”, señala el investigador.

El descubrimiento del arma en Jaén, de ser cierto, “supondría un hallazgo único muy lejos de su área nuclear, el primero fuera de la Meseta Norte o del ámbito cantábrico, con la relevancia que esto implica”, porque lo vincularía directamente con la expedición del general cartaginés Aníbal contra los vacceos entre los años 221 y 220 a. C. Es decir, uno de sus soldados, tras la guerra, regresó con él a su pueblo.

Pero el hecho de que no haya evidencias incontestables de que fuese hallado en Espelúy ―solo lo sostiene por una nota requisada por la Guardia Civil a Marsal― “arroja unas dudas que suponen una excelente muestra de los problemas del comercio ilícito, que convierte una posible noticia arqueológica relevante en una especulación más o menos fundada”, afirma Quesada.



Puente o placa de montaje de cobre de la embocadura de la vaina del puñal vacceo de la Colección Marsal.

Y añade: “Esta arma es un perfecto ejemplo de los problemas que plantean las piezas descontextualizadas, arrancadas de la tierra sin registro y método arqueológicos fiables. De hecho, podría ser una pieza más de un conjunto ya bastante estudiado o un arma excepcionalmente interesante y sugestiva por su lugar de hallazgo. Sabemos que el FARRM incluye sobre todo piezas procedentes del ámbito andaluz y que el propietario original de la colección, o fondo de recuperación, como a él gustaba llamarla, se tomaba muy en serio la documentación de la procedencia de hasta el menor objeto, exigiendo antes de adquirir nada que sus proveedores [expoliadores] le dieran datos muy detallados, incluyendo croquis de ubicación e incluso de la colocación de los ajuares en las tumbas. Pero podemos sospechar que en ocasiones se le proporcionarían datos alterados, o incluso directamente inventados. Y no hay forma real de estar nunca por completo seguros”, incide el catedrático.

La hipótesis más plausible es que, según el investigador, el arma hubiera acabado en la tumba andaluza a partir del regreso de uno de los participantes hispanos en la gran expedición militar de Aníbal. Pero existen otras tres posibilidades más. La primera, que fuera fabricado en el siglo II a. C. o incluso de principios del I a. C., y que se tratase de un puñal copiado o hibridado por los íberos de modelos celtibéricos y vacceos. O que, simplemente, sea parte del botín de un legionario romano de época republicana que llegó a Jaén desde el norte. Y una tercera, que el arma fuese expoliada en los años setenta u ochenta del siglo pasado en la Meseta Norte y luego vendida por los saqueadores a Marsal Monzón en Andalucía.



Anverso de la parte conservada de la vaina B30-002/11, aproximadamente dos tercios del total.

Este último, conocido entre los expoliadores como El boinas, según el estudio Los delitos contra el patrimonio histórico y arqueológico (2019), de la experta Ariane Capdevila Sanz, de la Universidad de Barcelona, “era un coleccionista que había ido adquiriendo monedas y objetos metálicos por medio de la utilización del detector entre los años sesenta y noventa del siglo pasado”. “Se trataba”, añade, “de una persona organizada que en su taller clasificaba y estudiaba las piezas mediante la creación de unas fichas que las identificaban y que posteriormente facilitaron [a la Guardia Civil y a los arqueólogos] conocer la afectación de los yacimientos. La colección estaba compuesta por material numismático, cerámico, elementos arquitectónicos, escultóricos, epigráficos y estelas, entre otros. Las cronologías iban desde la prehistoria hasta la época contemporánea, pasando por la protohistoria, época romana, tardorromana, medieval y moderna”.

“El coleccionista/expoliador”, escribe Capdevila, “se dirigió al Museo Arqueológico Nacional en Madrid. Probablemente, para evitar que la colección saliera de Andalucía. En 2005 la Junta la legalizó aceptando la donación del ingeniero junto con los documentos relacionados, convirtiéndose en el Fondo Arqueológico Ricardo Marsal Monzón. Asimismo, la Junta de Andalucía emitió un comunicado agradeciendo sus contribuciones al enriquecimiento del Patrimonio Histórico andaluz”. No hubo responsabilidades penales, ya que fueron saqueados antes de la Ley de Patrimonio de 1985.

Por eso, el catedrático Quesada propone “reflexionar sobre cómo el mismo objeto, de tener una procedencia arqueológica firme, puede ser un hallazgo nuevo relevante o, por el contrario, una pieza más entre un centenar parecidas. La procedencia de esta arma en concreto nos hurta la necesaria seguridad para hacer un análisis en clave histórica. Es difícil encontrar un mejor ejemplo de la destrucción de información relevante perdida a causa de una excavación irregular”, por decirlo de forma elegante.

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