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Cómo afrontar la discalculia: buscar nuevos caminos para alcanzar el mismo resultado



Seguramente, en alguna ocasión hayamos escuchado a alguien decir: “Se me dan fatal las matemáticas, no las entiendo, no me gustan”. Sin embargo, si a esa misma persona, en casa, le piden poner dos platos en la mesa o, en clase, dar un libro a cada compañero, lo hará perfectamente.

Más excepcional es encontrar a un niño o niña a quien, por ejemplo, su madre le pida poner dos platos y, sabiendo el concepto de dos, se pregunte: “¿Cuántos platos tengo que coger para que sean dos?” (es decir, que le cueste asociar el concepto aprendido de dos con situaciones de la vida real) o le sobren libros si sus compañeros se cambian de orden cuando está repartiendo.

Que se nos “den mal” los números, nos cueste más o menos aprobar matemáticas, o nos guste más o menos la asignatura no es comparable con una dificultad más profunda a la hora de entender el lenguaje numérico. Esto es la discalculia, una dificultad, en mayor o menor grado, en el procesamiento del lenguaje matemático, independientemente del nivel intelectual y de la metodología de enseñanza.

¿Cómo se detecta?

Algunos de los síntomas para identificar esta dificultad pueden ser la incapacidad para contar entre números (no poder contar, por ejemplo, del 3 al 6, sino necesitar empezar por el 1); escribir en espejo los números o signos; no identificar la hora en un reloj analógico; no alinear espacialmente los números para hacer una resta; confundirse con el signo de sumar; devolver mal el cambio del dinero; no recordar las tablas de multiplicar o un teléfono; equivocarse con los decimales; etc.

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Estas manifestaciones (y otras más) implican una dificultad con el lenguaje matemático debido a que no se está elaborando la representación numérica o no se está accediendo a ella.



Síntomas heterogéneos

La discalculia tiene una singularidad y es su heterogeneidad de presentaciones debido a los distintos ámbitos que engloba el procesamiento numérico: conocimiento de números, seriación, álgebra, cálculo, operaciones aritméticas, solución de problemas, magnitudes, proporciones, etc.

Por esta razón, la discalculia puede manifestarse en diversidad de errores: desde las bases prenuméricas hasta los procesos matemáticos más complejos. Por ejemplo, cuando se aprende a contar y a establecer correspondencias, con cuatro o cinco años; cuando hacemos cálculo mental, restas con llevadas y comparación de magnitudes a partir de los siete años, o interpretando gráficas y haciendo ecuaciones en secundaria.

A esto se añaden las variables en cuanto a la edad en la que observamos los fallos, el nivel de gravedad en cada persona y la posibilidad de tener dificultades solo en algunos ámbitos matemáticos. Por eso, el diagnóstico en discalculia es relevante, sobre todo desde etapas tempranas.

El objetivo está claro: la prioridad es mejorar la representación numérica o el acceso a ésta, independientemente de la edad y del ámbito matemático.



¿Unido a la dislexia?

“Estamos a 30 de febero y cuando el año es ambrosio hay que sumar un día más, son 31 de febero”. Con esta frase percibimos que aquí hay algún problema más allá de las matemáticas. Efectivamente.

La discalculia puede ir acompañada de otras dificultades, siendo la más común su asociación con la dislexia o trastorno específico del aprendizaje en lectura.

Hemos investigado las bases neurobiológicas de la dislexia y discalculia, y hemos descubierto la existencia de ciertas redes neuronales y regiones del cerebro implicadas tanto en el procesamiento lingüístico como en el procesamiento numérico. Esto indica que hay un punto de conexión entre la habilidad lectora y la habilidad matemática y, por tanto, entre ambas dificultades.

Por ejemplo, para leer una palabra (casa) y para calcular mentalmente una suma (2+3) tenemos que mantener la información activa mientras la manipulamos. A esto lo llamamos memoria de trabajo, ubicada en la región prefrontal.

Los niños con discalculia no podrán mantener activos los números 2 y 3, el símbolo + y el concepto de sumar, realizando mal el cálculo mental 2+3 y usando los dedos para contar.

De igual manera, probablemente, tengan problemas para mantener activas todas las letras de una palabra y su orden, leyendo o escribiendo febero en vez de febrero, cometiendo faltas de ortografía o no recordando lo leído en una frase.

¿Cómo ayudar?

Aunque este trastorno del aprendizaje es permanente, existen estrategias para reducir su impacto en la vida académica, personal y profesional de las personas que lo padecen.

En primer lugar, es necesaria una evaluación personalizada realizada por un especialista para conocer y comprender las dificultades concretas en el procesamiento matemático. Y, en segundo lugar, se requiere una ayuda conjunta, desde el colegio, los profesionales y desde casa. Todos con una misma premisa: repetir, practicar, motivar y desarrollar la enseñanza explícita funcional.

En el colegio, necesitará más tiempo para hacer más ejercicios o menos ejercicios pero más duraderos, y partir de la experimentación y manipulación (regletas, ábacos, etc.), como alternativa a exámenes tradicionales y tareas vinculadas a la cotidianidad. La secuencia de aprendizaje tiene que ser: manipulación, comprensión y mecanización del contenido matemático (series, tablas de multiplicar, etc.). Y todo con un ingrediente fundamental: la actitud positiva del profesor.

En casa se pueden realizar actividades como contar objetos, repartir cantidades, hacer las cuentas en las compras, ayudar a cocinar con las raciones, encontrar un número, jugar a las horas con el reloj, ordenar escenas, hacer rompecabezas, jugar con acertijos matemáticos, etc.

Para los niños pequeños se pueden estimular los procesos básicos numéricos mediante diferentes actividades lúdicas cotidianas. Y todo con un ingrediente fundamental: la actitud positiva de los padres.



Una vida normal

Por tanto, con el uso de objetos y situaciones reales, la repetición y la práctica podemos ayudar a que un niño con discalculia pueda entender el lenguaje matemático y cómo funcionan las matemáticas. Todo ello impregnado de la ya mencionada motivación positiva. Aunque el lenguaje numérico seguirá planteando desafíos a lo largo de la vida, las estrategias y técnicas incorporadas compensarán esta dificultad y minimizarán su impacto.

Es decir, si la persona sin discalculia puede ir de A a B para hacer una suma, la persona que tiene discalculia necesitará ir de A a A’ y de A’ a B. Tardará algo más de tiempo, pero llegará al mismo resultado, y el proceso será cada vez más rápido y natural para ella.

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